¿TODO EL MUNDO DEBERÍA SER MILLONARIO INVIERTIENDO 100 EUROS AL MES EN BOLSA?

by in Cultura Financiera, Finanzas, Opinión y Actualidad, Principios de Inversión 9 diciembre 2020

¿TODO EL MUNDO DEBERÍA SER MILLONARIO INVIERTIENDO 100 EUROS AL MES EN BOLSA?

Ojalá fuera así. ¡Qué más quisiéramos! Habría sido ciertamente una forma muy fácil de llegar a ser rico.” Solo que debemos siempre recordar que “no hay formas seguras y fáciles de alcanzar la riqueza en los mercados de valores, ni en ningún otro sitio.” No hace mucho nos preguntábamos si tanto Benjamin Graham como Jeremy Siegel y Jason Zweig estaban en lo cierto al analizar los resultados de la metodología de inversión propuesta por el eminente John J. Raskob, un programa que se conoce como «promediar el coste en unidades monetarias». (Nos remitimos al post anterior para contextualizar las siguientes líneas).

Haremos nuestra particular comprobación de la mano del SP500 TR. Recordemos que el período al que estamos haciendo referencia comprende los 20 años que median entre 1929 y 1948. Así lo hizo el SP500:

¿TODO EL MUNDO DEBERÍA SER MILLONARIO INVIERTIENDO 100 EUROS AL MES EN BOLSA?

Como podemos apreciar, años duros. Ni más ni menos que un 50% de períodos bajistas. Aparentemente, el dólar de 1929, frente a todo pronóstico, logra sobrevivir y ofrecer una módica rentabilidad. Sin embargo, la inflación media del período ascendió a un 1.91%, teóricamente moderada. No obstante, las tasas de inflación resultaron extremas, como podemos observar en el cuadro siguiente:

¿TODO EL MUNDO DEBERÍA SER MILLONARIO INVIERTIENDO 100 EUROS AL MES EN BOLSA?

Hubo períodos de fuerte deflación, como los años 1930-1933, acompañados de otros con tasas muy elevadas de inflación, como 1941-1948. Eso significa que en términos reales la rentabilidad del SP500 sería la siguiente:

¿TODO EL MUNDO DEBERÍA SER MILLONARIO INVIERTIENDO 100 EUROS AL MES EN BOLSA?

De esta manera, años que antes eran bajistas, como 1932 y 1939, terminaron siendo alcistas, mientras que otros, aparentemente alcistas, como 1947 y 1948, en realidad lo fueron bajistas. Una situación endiablada que enloquecería sin remedio al indexado novel español del último quinquenio. El dólar invertido en 1929 acabaría, en este entorno, de la siguiente manera:

Como vemos, el 1.84$ se reduce a un mucho más modesto 1.32$. Este es el vaso medio vacío de la historia. El vaso medio lleno es que a pesar de atravesar unas depreciaciones bursátiles de órdago derivadas primero de la Gran Depresión de 1929-1931 y después de la Gran Recesión de 1937, pasando por la Segunda Guerra Mundial y terminando en la resaca inflacionista de 1946-1948 (de alguna manera hay que pagar los gastos de la guerra), ese solitario y desventurado dólar consigue no sólo mantener su poder adquisitivo, sino además incrementarlo, aunque sea levemente. Un recordatorio paradójicamente doloroso al tiempo que esperanzador respecto a las bondades inherentes de la inversión en bolsa a largo plazo. Esta prueba tan dura haría palidecer a todos los apóstoles actuales de la indexación y es dudoso que muchos de ellos fueran capaces de soportarla sin antes vociferar en Twiter que “esto es una estafa” y que lo “vendo todo y asumo la pérdida.” A quienes ahora bromean con el “mientras no vendes todavía no has perdido” (sentencia en parte verdad y en parte falaz) les temblarían las piernas 25 horas al día 8 días a la semana en este escenario.

Recordemos que Raskob proponía invertir 15$ al mes durante 20 años para alcanzar la muy notable cifra de unos 80.000$ (de los de entonces). Graham sostuvo que de 80.000$ nada ni mucho menos. Unos 8.500$ aproximadamente, un resultado también notable, dadas las circunstancias, pero lejos del desaforado optimismo de Raskob. Zweig y Siegel coinciden más o menos con Graham, pero apuntan sabiamente que la inflación habría volatilizado una parte sustancial de los beneficios.

Ahora, nosotros usaremos el SP500 en lugar del DJIA y supondremos que realizamos la inversión de manera anual y no mensual para simplificar. En total se invertirán 3.600$ (15$ al mes, es decir, 180$ al año):

Como podemos ver, tanto Graham como Siegel y Zweig estaban en lo cierto. En términos nominales obtenemos finalmente unos 8.500$. No hay gran diferencia entonces entre usar el DJIA y el SP500 ni tampoco entre realizar las aportaciones mensual o anualmente. No obstante, ni el SP500 de entonces ni el DJIA son los mismos que ahora, obviamente. Aun así, los resultados tienden a parecerse a largo plazo. Por lo menos en el período 1929-1948. No obstante, la inflación dejará las cosas de la siguiente manera:

Efectivamente, la inflación devora una parte sustancial de esos 8.466$, que sobre 3.600$, arrojaban unos beneficios totales de 4.866$, y los deja finalmente en 5.207$, con unos beneficios acumulados en términos reales de 1.607$. Como podemos observar, una “tajada” importante de más de dos tercios de las ganancias. Todo queda entonces de nuevo en un vaso medio lleno y medio vacío que podemos resumir de la siguiente manera:

  1. La inversión bursátil a largo plazo tiene elevadas probabilidades de conseguir dos objetivos:
  2. Mantener el poder adquisitivo del capital invertido.
  3. Ofrecer una rentabilidad adicional, por poca que sea.
  4. Los objetivos anteriores se alcanzan incluso en entornos excepcionales de depresión y de importante recesión, en ambientes sacudidos por grandes catástrofes (como la guerra, siempre que se gane, claro) y con condiciones más o menos prolongadas de inflación y hasta deflación.
  5. La aportación periódica en forma de compras recurrentes de acciones constituye un método robusto y una metodología muy apropiada para alcanzar los objetivos anteriores.
  6. Ni el ejemplo de Raskob ni los matices añadidos por Siegel y Zweig hablan del coste de intermediación. Por tanto, las rentabilidades señaladas en nuestra simulación serían obviamente menores. Este punto, de capital importancia, debe recordarnos que el coste de la indexación debe ser muy bajo o bajo, o al menos moderado. De lo contrario, un entorno demoníaco, como el de 1929-1948, arruinaría la paciencia, constancia y disciplina del inversor, quien correría el riesgo de ver menguar sus ya escasas ganancias o, incluso, de entrar en pérdidas.

Como corolario de todo lo visto tanto aquí como en el post anterior es necesario añadir un elemento de escepticismo o, por lo menos, realismo. Es preciso tener la prudencia de asumir que la inversión bursátil puede rentabilizar de manera eficaz y eficiente el ahorro personal pero que tal cosa no implica, ni mucho menos, convertir al ahorrador-inversor en millonario. Podríamos añadir que el pasado puede servirnos de cierta guía de cara al futuro pero que no debemos asumirlo de manera automática e irreflexiva.

Por tanto, refrenemos los ánimos y no le atribuyamos “milagros” en forma de expectativas de rentabilidad que bien pueden no cumplirse. Recordemos que aunque el entusiasmo pueda ser necesario para conseguir grandes logros en otros lugares, en el mercado de valores conduce de manera prácticamente segura al desastre.” De ahí que no quepa más que insistir en lo siguiente, que en el post anterior recomendamos tatuar a fuego, aunque fuera en las indexadas posaderas del inversor:

“Siempre y cuando juzguemos al futuro a partir del pasado, el inversor no negará la posibilidad de una nueva subida espectacular del mercado, pero lo que para él importa es que no puede contar con ella.”

@mellizonomics & @quietinvestment

Fuente: Security Analysis, y El inversor inteligente, Benjamin Graham.

 

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