¿POR QUÉ NO UN 100 % DE TU CARTERA EN ACCIONES?

by in Cultura Financiera, Finanzas, Opinión y Actualidad, Principios de Inversión 23 octubre 2020

Las personas adoran los atajos que hacen cualquier camino más fácil, como restar nuestra edad actual a 100 para averiguar qué porcentaje de nuestro dinero debemos invertir en acciones. Es una solución simple, concreta, clara y rápida al complejo asunto de la asignación de activos. Pero, en términos generales, quizá las “reglas de oro” financieras deban ser consideradas con cinismo o directamente ignoradas. Así lo creen Ken Fisher y Lara Hoffmans en “El pequeño libro de los mitos del mercado.”

La decisión más importante que toma un inversor a largo plazo es la distribución de activos. Cerca del 70% del rendimiento de una cartera se debe a la asignación de activos, es decir, la combinación de acciones, bonos u otros activos y en qué porcentaje. Otro 20% obedece a la distribución de subactivos o decisiones posteriores sobre las categorías de los valores: tamaño, estilo, país, sector, industria, calificación crediticia, duración… Sólo un 10% del rendimiento se atribuiría a la selección de valores individuales.

¿POR QUÉ NO UN 100 % DE TU CARTERA EN ACCIONES?

Quienes creen en este atajo estiman que sólo la edad es el único factor a considerar: toda la gente de una misma edad es idéntica, ignorándose las metas de cada inversor, cuánta liquidez necesita ahora o en el futuro y cuánto crecimiento precisa para alcanzar sus objetivos. O sea, prescinde de las circunstancias personales específicas de cada persona. La edad importa porque tiene que ver con el horizonte temporal de inversión. Pero no es más que uno de los factores a tener en cuenta, como las expectativas de rentabilidad o la necesidad de liquidez.

El inversor se equivoca con frecuencia respecto a su propio horizonte temporal de inversión. Cree que éste se termina cuando se jubila o cuando planea retirar efectivo. Semejante error no se manifiesta hasta años después y entonces ya es demasiado tarde para remediarlo. El horizonte temporal no es el período entre hoy y algún acontecimiento determinado futuro sino el tiempo que se necesita para que los activos trabajen para uno mismo. A partir de los 60 años la expectativa de vida oscilará entre 20 y 30 años más. Por tanto, debemos pensar en línea con nuestras propias expectativas de vida para que nuestros activos sean suficientes para nuestro sustento o, en su caso, poder legar un patrimonio a nuestros herederos.

El error de minusvalorar el horizonte temporal y no planear cómo generar crecimiento suficiente para alcanzar nuestros objetivos olvida el impacto de la inflación y que ésta no afecta por igual a todas las categorías. Si confiamos en una cartera de inversiones para conseguir la liquidez necesaria para cubrir gastos a largo plazo hace falta algún crecimiento sólo para aumentar la probabilidad de estirar la cartera lo suficiente para que el flujo de efectivo esté referenciado a la inflación. Al subestimar el horizonte temporal e infravalorar cuánto crecimiento se necesita, aumenta la probabilidad de que la cartera de inversión no pueda cubrir el nivel de liquidez con el que se había contado.

Además, y con permiso del Covid, la esperanza de vida sigue aumentando debido a las nuevas tecnologías y los descubrimientos médicos que han alargado la vida haciéndola también más agradable. Lo más probable es que esta innovación no se detenga y que, por tanto, continúe aumentando la esperanza de vida.

En conclusión, el horizonte temporal de inversión debe tener lo anterior en cuenta. La edad es un elemento clave a la hora de asignar activos a largo plazo, pero debe contemplarse en paralelo con las expectativas de rentabilidad, las necesidades de liquidez y cualquier otro factor personal.

@mellizonomics

* En la sección Tools podéis acceder a un resumen del libro de Fisher y Hoffmans, usado como fuente para elaborar este post, si bien lo que recomendamos es su compra.

2 Comments
  1. ¡Hola!

    Me parece muy interesante el planteamiento y coincido en que en muchas ocasiones se simplifica en exceso una decisión que es/puede ser determinante.

    Sin embargo, me hubiera gustado leer con mayor profundidad o ejemplos algo más concretos como mejorar esta toma de decisión. No se si esta entre vuestras publicaciones cercanas tratarlo vamos 🙂.

    Aun así, creo que sembrar la duda es un buen inicio para empezar a replantearse cierta forma de tomar decisiones.

    Un saludo.

    • Hola Álvaro, gracias por tu comentario. Creo que tanto el libro de Fisher como el de Zweig y también el de Bogle, los tres de la colección “El pequeño libro…” podrían ayudar a responder a tu pregunta. La asignación de activos, un tema muy de moda, nos interesa pero no estamos especialmente centrados en él. En lo de sembrar dudas, en cambio, sí.

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