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¡Largo-placistas! ¡Vais a morir todos!

Hace poco comentábamos aquí las bondades bursátiles del largo-plazo no sin dejar caer alguna que otra puya a la religión más hipócrita del mundo de las finanzas: el “largo-placismo.” Sus adeptos hablan mucho, pero son sus verdaderos fieles los que callan. Extraña doctrina esta a la que tantos apelan para al final ignorarla. El “largo-placista” se parece mucho a un sacerdote con perfil en Tinder: habla de castidad, pero publica un selfie de sí mismo en moto y sin camiseta.

No hay fiesta en la que no se cuele un pesado y, así, no se puede tratar de manera realista los rendimientos bursátiles a largo plazo sin contar con la inflación. Ese invitado que nadie desea pero que de una u otra manera consigue irrumpir en todos los guateques se llama inflación y constituye el auténtico cáncer de la rentabilidad bursátil y de cualquier otra rentabilidad. En “La Guerra Financiera Asimétrica” tratamos de este tema en el capítulo dedicado a los enemigos del pequeño inversor apuntando a su naturaleza y dinámica. Este comensal desagradable y vulgar es el encargado de proporcionar el primer baño de realismo al inversor. Incluido el que predica sobre las bondades del largo plazo con la fe de un mormón. Veamos por qué.

Entre 1992-2018 la inflación media en España siguiendo al IPC ha sido del 2.56% anual. Dicho de otra manera: 10.000€ supuestos euros de 1.992 tendrían actualmente un poder de compra de 4.941€. La moneda se habría depreciado en 27 años un -50.6%. A la vista de este tétrico panorama es fácil hacerse una idea del verdadero “valor” del papel-moneda como reserva de “valor.” Ninguno. Da igual donde lo esconda.

Pongamos las cosas un poco más en perspectiva y vayamos a 1999, año en el que se establece la irrevocabilidad del tipo de cambio euro-peseta. En tal caso la inflación media habría sido del 2.18% y 10.000€ de hace 20 años equivaldrían a 6.416€ en 2018, un -35.84%. Sin la rubia liante, la peseta, la cosa mejora. O por lo menos no empeora.

Si nos remontamos a la efectiva entrada en vigor de la moneda única en 2002 la tasa media de inflación se quedaría en el 2.01% significando eso que 10.000€ pasan a valer 7.072€ depreciándose un 29.3%. La adopción de la moneda común parece haber conllevado una relativa ralentización de la temida inflación. A pesar de todas las críticas que ha recibido el euro parece, pues, que nadie va a echar de menos a la peseta.

Por otro lado, si algo bueno ha traído la crisis ha sido moderación inflacionaria. Desde 2008 el euro “sólo” se ha depreciado un 13%. Así, 10.000€ de hace 11 años equivalen hoy a 8.709€ o una tasa media de inflación del 1.24%. No hay mal que por bien no venga.

Llegados a este punto habría que preguntarse entonces cuál ha sido, por ejemplo, la rentabilidad real del IBEX35, incluidos los dividendos. Recordemos brevemente este bonito cuadro:

En 27 años el índice bursátil de referencia español, el IBEX35 Total Return ofrece una rentabilidad compuesta anual del 8.58% y una rentabilidad total acumulada del 824%. Los 10.000€ ficticios euros de 1.992 se habrían transformado en 92.377€. ¡Ja, ja, ja! ¡Ojalá! Pues no. La inflación habría modificado las rentabilidades anteriores de la siguiente manera:

De 92.377€ y un 8.58% compuesto anual con un 824% acumulado, naranjas de la China. Hay que conformarse con una rentabilidad total acumulada del 373% y compuesta anual del 5.92%, lo cual suma finalmente 47.290€ “reales.” Esto sí que es un sablazo.

Dicho de otra forma: la inflación va a devorar a largo plazo casi la mitad de la rentabilidad del inversor. Ni más ni menos. Cierto que ahora estamos tratando con una inflación millennial, esto es, blandengue y ofendida. Pero a nuestro modo de ver cualquier inversor debería contar con una tasa media de inflación del 1.0%-2.0%. Y eso con suerte, en el mejor de los casos y contando con unos responsables de la política monetaria que no se hayan vuelto majaras.

Cabría argumentar hasta qué punto es fiable este asunto del IPC como referencia de la inflación. Se trata de un tema relativamente polémico en el cual quedan abiertas muchas interrogantes como por ejemplo la metodología empleada para determinarlo, el efecto sustitución o la incorporación de nuevos bienes. Además, ¿afecta a todos por igual? ¿Es homogéneo en todo el territorio nacional?

Sea como fuere, conviene al inversor asumir una tasa media de inflación como la antes señalada del 1.0%-2.0% o incluso 3.0% dada la naturaleza fiduciaria del papel moneda, incluido el euro, combinado con el endeudamiento de los gobiernos y el monopolio de la creación de moneda del Banco Central Europeo, pues esta combinación nada bueno augura. Quienes prohíben a otros emitir monedas alternativas con respaldo material, o sea, los gobiernos, se caracterizan por estar endeudados hasta las trancas. La inflación favorece a cualquier deudor a tipo fijo porque diluye la deuda a medida que transcurre el tiempo. Quienes gastan dinero a espuertas, los políticos a través de la infraestructura estatal, carecen de incentivos antinflacionarios. Lo lógico, lo normal, es que tengamos inflación y que esta sea moderada hasta un nivel en el cual la tolere el ciudadano-contribuyente y al mismo tiempo beneficie al político-deudor.

De ahí que cualquier presentación de rentabilidades que ignore el pernicioso efecto de la inflación constituya una engañifa de mal gusto respecto de la cual el inversor debe permanecer ojo avizor. Decíamos en el post anterior que había que encarar la inversión bursátil a largo plazo con realismo pues la bolsa es un lugar idóneo para conservar el patrimonio ahorrado y revalorizarlo, sobre todo si la perspectiva es a largo plazo. Pero esto no significa que el inversor deba tragarse el cuento de la lechera asumiendo unas expectativas de rentabilidad que es muy probable que jamás lleguen a cumplirse.

Si esta terrible tajada en la inmaculada rentabilidad a largo plazo de los índices con dividendos no le parece suficiente aún tenemos dos jarros más de agua fría que arrojar sobre su largo-placista cabeza.

Agárrese los machos porque le vamos a desplumar como a un pollo.

 

 

 

Santiago Casal

2 Comments

  • Miguel Alvarez

    17 de enero de 2019 17:39
    Responder

    Buenas tablas, invitan a la reflexión. Y está bien tener en cuenta la inflación. Y aún faltan los impuestos, si vendiéramos el fondo de inversión…y las comisiones del gestor del fondo. Así que esa rentabilidad aún se reduciría más. Pero está claro que mejor eso que debajo del colchón.
    Conozco a mucha gente que ante la perspectiva de sufrir una caída de las bolsas, prefieren tener su dinero en la cuenta, incluso aunque sea una alta cantidad, o a plazo fijo con rentabilidades que a duras penas superan la inflación. Cuando les argumentas que es mejor asumir algo de riesgo, te dicen que naranjas, que no están dispuestos a perder un 5 o un 10% ni siquiera durante un mes.
    Volviendo al post, está claro que el largo plazo importa, que los dividendos importan muchísimo, que conviene diversificar. Pero también rotar, hay que cambiar posiciones. Eso de comprar unos valores y echarse a dormir…como que no.
    Saludos

    • David Núñez

      22 de enero de 2019 16:37
      Responder

      Hola y gracias por tu comentario.

      Coincidimos con lo que dices. No obstante, ten en cuenta que nuestra simulación (aún no terminada) parte de una óptica muy pesimista. Se trata de construir un escenario muy hostil para el inversor en base a varios factores para después demostrar que la inversión bursátil (en este caso indexada) sí merece la pena. Todavía estamos en la fase del vaso medio vacío pero llegaremos también a la del vaso medio lleno.

      Saludos
      QI

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