LA MARMOTA DEL BANCO DE SANTANDER

by in Finanzas, Opinión y Actualidad 14 marzo 2021

LA MARMOTA DEL BANCO DE SANTANDER

Terminado el apocalíptico año de 2020 ya han presentado la mayoría de nuestras cotizadas los resultados correspondientes al pandémico ejercicio anterior. Entre ellas, el Banco de Santander. A cierre del mes de febrero cotizan las acciones a 2.89€, apuntándose la entidad bancaria más importante de España una revalorización de más de un 88% desde sus mínimos de septiembre de 2020, cuando cotizaba a 1.53€.

Es un hecho curioso que habiendo declarado unas pérdidas de más de 8.771 millones el mercado reaccione tan positivamente. Es más, desde 2007 hasta ahora, el único año en el cual afirma la entidad cántabra haber perdido dinero es precisamente 2020. Ni siquiera en 2012, en lo peor de la Gran Recesión española y la Crisis de Deuda Soberana, perdió dinero el banco comandado por Ana Patricia Botín. O eso se dijo entonces. Quizá las perspectivas de inflación e hipotéticas subidas de los tipos de interés hayan animado la cotización, a la espera de tiempos mejores al hilo de la tan necesaria recuperación económica post-covid, que previsiblemente debiera venir también acompañada de una mejora del crédito.

Sea como fuere, cabe preguntarse de qué sirve el beneficio contable de los bancos si el mercado no se lo cree cuando es positivo ni tampoco cuando es negativo, quedando todo al albur del “futuro descontado” y de las “expectativas del porvenir.” Le resta al sufrido accionista a largo plazo del Banco de Santander, si es que tal espécimen existe, el triste consuelo de la rebaja de salario de su presidenta, la Sra. Botín, que ha tenido que conformarse con poco más de 8 millones de euros para hacer frente a sus facturas. Esperemos que la subida de la inflación, de llegar, no le provoque ningún descubierto.

No hace tanto tiempo que sosteníamos, no sin sorna, que el caso del Santander y su directiva representaba el paradigma perfecto de un problema corporativo que se denomina conflicto agente-principal:

“Lo habitual es que se dirija una corporación con el objetivo de beneficiar a los propietarios –los accionistas– y que estos deberían recibir los beneficios que se distribuyan. No obstante, ahora sabemos que un grupo controlador puede tener el poder de desviar los beneficios hacia sus propios bolsillos.”

“…el control está en el poder de los directores o gerentes que pueden poner en marcha la maquinaria del poder para convertirse en un ente que se autoperpetúa, aunque, como grupo, solo posean una pequeña fracción de las acciones en circulación.”

Es decir, que el control del principal banco de España no lo ejercen aquellos que, en conjunto, poseen casi todas las acciones, sino un pequeño grupo conocido como la directiva en provecho propio. No parece que esto haya cambiado ni que cambie en el futuro. O, al menos, somos escépticos al respecto.

Pero, además, posteriormente llegamos hasta preguntarnos si valía la pena que el Banco de Santander continuara funcionando como un negocio capaz de generar beneficios, siendo preferible su liquidación y reparto de las sobras entre los accionistas. De haberlas.

Al terminar 2020 el activo total del Santander ascendía a 1.508.249.143, billón y medio de euros, de los cuales 15.908.437 eran intangibles, representando el fondo de comercio 12.471.425. Por tanto, el activo total sin intangibles asciende a 1.492.340.706. Siendo su pasivo total 1.416.927.057, declara el banco un patrimonio neto de 91.322.086, es decir, 5.26€ por acción. Si nos ceñimos al activo tangible neto hablaríamos de 65.567.159, es decir, 3.78€ por acción.

Cotizando las acciones a cierre de febrero, tras la presentación de resultados, a 2.89€ eso significa que la relación precio/valor contable (que algo debe o debiera significar en el caso de un banco) es de 0.55. Sin embargo, si nos ceñimos a la relación precio/activo tangible neto nos moveríamos en 0.76. Difícilmente puede afirmarse que el Santander valga más de 5.26€ por acción y puede que ni siquiera los 3.78€ de su activo tangible neto.

LA MARMOTA DEL BANCO DE SANTANDER

La cotización de la acción, a niveles de 1998 (efectuadas todas las correcciones por dividendos y ampliaciones varias) es un eterno día de la marmota. Se afirma que poco o nada puede hacer la directiva de una empresa, del tipo que sea, en relación a este asunto, es decir, el rumbo que toma la cotización de sus acciones. Nada más lejos de la realidad. Las buenas directivas y los buenos gestores consiguen buenas cotizaciones para las acciones de sus empresas y no se desentienden de las mismas cuando se quedan atrapadas en el limbo. Como bien afirma Benjamin Graham:

“Los directivos suelen evitar las cuestiones referentes a la cotización de las acciones de las empresas que dirigen con ayuda de ese principio consagrado por el tiempo de que los precios del mercado no son un asunto de su incumbencia. Es cierto que los ejecutivos de una empresa no son responsables de las fluctuaciones del precio de sus productos financieros, pero eso no es lo mismo que decir que los precios de mercado nunca deben ser una preocupación de la dirección. Esta idea no solo es equivocada, sino que tiene el defecto añadido de ser absolutamente hipócrita. Está equivocada porque la capacidad de los productos financieros de ser negociables es una de las cualidades principales que se consideran a la hora de comprarlos. Sin embargo, esta capacidad no debe presuponer solo el lugar donde han de venderse sino también la oportunidad de venderlas a un precio justo. Para los accionistas es tan importante que puedan obtener un precio justo por sus acciones como que los dividendos, beneficios y activos se mantengan e incrementen. De ello se deriva que la responsabilidad de la dirección para actuar en interés de sus accionistas incluya la obligación de evitar que sus productos financieros tengan, en la medida de sus posibilidades, tanto unos precios absurdamente altos como unos precios excesivamente bajos.”

Dicho lo cual cabe preguntarse si 1.53€ en septiembre de 2020 es un precio excesivamente bajo y 5.26€, lo que vale el patrimonio neto por acción, o 3.78€, lo que vale el activo tangible neto, un precio absurdamente alto. En tal caso, ¿los 2.89€ a los que cotizaba el banco al terminar febrero representan algo o nada en relación a las dos cifras anteriores de 5.26€ y 3.78€? ¿Tiene alguna idea la directiva del Santander capitaneada por la Sra. Botín acerca del valor de la entidad que dirigen? ¿Tienen algo que decirles a los accionistas, si es que queda alguno que, por azar, hubiera elegido al Santander como parte de su cartera permanente de acciones a largo plazo? ¿O es que nada de lo anterior importa?

Mucho nos tememos que la directiva actual, que posee una parte ínfima del capital social del banco, poco o nada va a aclarar al respecto porque poco o nada le importa su accionista. Sin ser propietarios “se han apropiado de la propiedad” sin, en apariencia, poseer los incentivos de un verdadero propietario. Son rentistas a la manera de la rémora o la pulga. Y nada va a cambiar ni nadie va a hacer nada para que cambie.

El Banco de Santander y su directiva quizás no, pero sus accionistas de largo plazo, si queda alguno vivo, están atrapados en el tiempo, esperando que salga la marmota a aclararles si va a llover o va a salir el sol.

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