El problema del inversor…es el inversor

by in Cultura Financiera 25 junio 2017

Se argumenta, no sin razón, que la principal ventaja de la gestión pasiva sobre la activa es, finalmente, la mayor rentabilidad de una sobre la otra a largo plazo. Se han escrito, más que ríos, océanos de tinta al respecto de la mano de sesudos estudios y recopilaciones estadísticas. Desde Quiet Investment recientemente hemos aportado nuestro pequeño granito de arena a través de algunas reflexiones contenidas en el hilo “La hora de los snipers.”

No es complicado comprobar la afirmación anterior. Por ejemplo, a mediados de junio del presente año, una consulta al buscador rápido de fondos de Morningstar que analizara toda la industria española de gestión de fondos tipo retail-acumulación habría arrojado unos resultados nada halagüeños para quienes tratamos de ser más listos que Mr. Market. Así, de 2.241 fondos fiscalizados tan sólo 639 tenían por lo menos diez años de vida. Primer dato importante.

La comparación de rentabilidades a una década vista mostraba lo siguiente:

Esto es: de 639 fondos la mejor performance correspondía al Bankinter EEUU Nasdaq 100, una indexación sectorial, y la posición número 9 la ostentaba el ING Direct FN S&P 500, una indexación general. Segundo dato importante. Podría pensarse entonces que un inversor que hace diez años hubiera realizado aportaciones al citado FN S&P500 habría acumulado hasta el momento y para la cantidad invertida entonces la rentabilidad que el cuadro señala. Y, de hecho, así sería.

Pero el problema de fondo, nunca mejor dicho, de esta presunción no es otro que la realidad individualizada del comportamiento irracional e inconstante del inversor. De la misma manera que podemos hallar numerosas comparativas entre gestión pasiva-activa, lo cierto es que abundan también los estudios que señalan la pésima rentabilidad que obtiene el inversor particular en comparación con otros. Valga como ejemplo este gráfico:

En este sentido, comentaba el célebre inversor Peter Lynch, cuyo fondo obtuvo rentabilidades compuestas de doble dígito a lo largo de más de una década, que una vez se entretuvo averiguando las rentabilidades reales obtenidas por quienes invirtieron en su fondo. Sin ser aquéllas malas sí resultaron ser, en cambio, bastante inferiores a la rentabilidad general obtenida por él y su instrumento de inversión.

La explicación de este fenómeno no era otro que el errático comportamiento del inversor a la hora de invertir y desinvertir su dinero. Frecuentemente, aumentaban las aportaciones cuando las bolsas experimentaban revalorizaciones mientras que cuando los mercados entraban en barrena lo que aumentaban eran los reembolsos. Dicho de otra manera: el inversor compraba cuando todo estaba más caro y solía vender cuando estaba más barato, realizando en el proceso múltiples entradas y salidas en el fondo que, de no haberlas hecho, probablemente hubieran incrementado su rentabilidad. No se aleja, además, este patrón del que sigue el comprador-vendedor individual de acciones cotizadas.

En este sentido es importante recalcar que tanto para la gestión pasiva como para la activa el inversor es… la muerte. Esto es, a ambas iguala debido a su mal comportamiento. Con todas las muy merecidas críticas que la industria financiera recibe no debemos olvidar que en este negocio el cliente, sorprendentemente, no suele tener la razón porque se mueve mucho y escucha poco. Es víctima de sí mismo más que de otros e importa bien poco si invierte en un fondo índice o en otro de gestión activa.

Todo el mundo se casa con el largo plazo pero a las primeras de cambio le ponen los cuernos no una sino mil veces. Por activa y por pasiva.

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