No somos adivinos y el DCF o descuento de flujos de caja tampoco lo es

by in Principios de Inversión 13 agosto 2017

Recientemente nos preguntaban si usábamos el DCF o descuento de flujos de caja a la hora de valorar una empresa. La respuesta fue no. No es la primera vez que nos plantean esta cuestión pero la réplica es siempre la misma.

Esto no significa que el DCF constituya una herramienta inútil o que no existan inversores capaces de usarla con éxito. Lo que ocurre es que en Quiet Investment no tenemos por norma practicar la ortodoxia financiera al uso y, para más inri, siempre nos hemos caracterizado por hacer gala de un carácter abiertamente escéptico y desconfiado que algunos achacan a nuestra galleguidad (no sabemos si de buena o mala fe) pero que nosotros identificamos con el sentido común, la modestia y la absoluta falta de pretensiones en el tentador momento de ejercer como augures financieros.

No vamos a tratar aquí sobre qué es el DCF. Todo el mundo lo conoce y quien no lo conozca puede apelar a San Google aquí o aquí o en muchos otros lugares. Pero sí nos gustaría comentar que reconocemos el enorme poder de seducción que esta herramienta financiera ejerce sobre el inversor.

No es para menos. Todos invertimos pensando en el futuro. No obstante, el porvenir tiene la mala costumbre de ser incierto. La incertidumbre constituye, de hecho, la principal preocupación del inversor. Vive para ella o, mejor dicho, contra ella. Quizá muchos teóricos de las finanzas aleguen que el DCF es el método teóricamente más correcto de valorar una empresa. No negamos que eso sea así. Pero parte de la estimación acertada de los flujos de efectivo futuros que aquélla va a generar. Y, claro, lo que sucede mañana aún no ha pasado.

En este punto es vital tener buenos cimientos. Así, la Escuela Austríaca de Economía nos enseña algo muy importante: que el verdadero protagonista de la economía no es ningún tipo de agregado económico sino las personas y sus ideas, así como los mecanismos a través de los cuales las transmiten. Cuando partes de que el protagonista de la película no es el coche sino el conductor entonces asumes la imprevisibilidad del trayecto.

Pero la seducción existe. Por eso, la principal ventaja del DCF no deja de ser de tipo psicológico pues ofrece una fórmula matemática que le dice al inversor lo que va a suceder mañana de tal manera que hoy, al contemplar los precios, puede saber si paga mucho o poco. No obstante, quizá debamos recordar que matematizar un futuro cuyos protagonistas son seres humanos no implica un juicio cuantitativo por mucho que tal cosa se exprese con números. De hecho, el DCF no es más que un juicio de valor formalizado algebraicamente. Pero eso no lo convierte en ciencia. Ahora bien, ofrece una seductora imagen numérica que proporciona certeza y parece desterrar a la cruel incertidumbre del predio del inversor.

Hemos venido publicando una serie de post acerca de los efectos de la disrupción en algunas de nuestras cotizadas, como Mediaset y Atresmedia, Prisa y Vocento y, finalmente, Meliá Hotels y NH Hotel Group. Resulta difícil creer que el DCF haya sido útil en estos casos. Probablemente habrá resultado incluso perjudicial. Porque, al fin y al cabo, la fórmula matemática no puede contabilizar la imaginación del ser humano y su afán incansable por luchar contra la escasez y acudir donde se generan rentabilidades más elevadas, suma expresión de la innata tendencia que todos tenemos de intentar la consecución de nuestros fines con el mínimo uso de medios.

Como el tema da para más y hemos prometido un cierre al hilo de post sobre la disrupción seguiremos tratando de este asunto otro día. Por ahora continuaremos sin usar el DCF de la misma manera que los adivinos siguen sin ganar la lotería.

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